dijous, 4 d’agost de 2011

Los Monasterios y la Religión

La vida diaria en la Edad Media fue enfocada hacia la religión, y el mundo del más allá tuvo mayor importancia que cualquier otro aspecto humano. En esta época, la Iglesia estaba movida por dos grandes resortes:

·         El Ascetismo: el ideal de perfección podían conseguirlo los monjes agrupándose en cenobios, llevando un régimen común bajo la obediencia del superior, el abad. Esta vida en común fue organizada en Occidente por San Benito de Nursia, que la plasmó en su Regla, donde se contienen las normas de vida de los monjes.

San Benito fundó en el siglo VI el monasterio de Monte Casino y su Regla Benedictina organizó sabiamente la vida monástica, repartiendo el tiempo entre las actividades manuales, intelectuales y contemplativas, no dejando resquicio a la ociosidad ni a la pereza del religioso.

Los monjes prestaron a la Iglesia y a la sociedad grandes servicios por su labor evangelizadora y cultural. Después de sus horas de rezos unos se dedicaban al cultivo de las tierras, otros a la copia y estudio de manuscritos en sus escritorios y bibliotecas; otros, a la enseñanza y educación de la juventud, sobre todo de la nobleza, y todos, a salvar y a extender la cultura clásica refugiada en los monasterios, remanso de las artes y las letras.

A partir del siglo X la Orden de Cluny encabezó la reforma de la vida monástica, que había caído en la relajación de costumbres por parte del clero. Cluny fue el centro de numerosos monasterios en la Borgoña y de otros países, creados bajo su influencia, y cuyos abades pusieron a disposición del Pontificado esta organización centralizada, reforzando así la autoridad y el prestigio de la Iglesia.

La intensa severidad de la vida monástica estimuló la experiencia imaginativa, que dio lugar al nacimiento de un movimiento artístico importante. El efecto del ascetismo fue intensificar el fervor del espíritu y expresarlo con gran intensidad, de forma que en el arte, no se buscó reflejar el mundo natural o decorar la morada de un gobernante terrenal, sino más bien conjurar visiones ultra terrenas de Majestad Divina. Los monjes perfeccionaron el arte del simbolismo elaborado, dirigido a una comunidad culta residente en el claustro, versada en refinadas alegorías. El máximo exponente de este lenguaje simbólico fue el abad Hugo de Semur, que según sus propias palabras añadió filosofía a la ornamentación y significado a la belleza.



·         La Jerarquización: En todo el período románico prevaleció una estricta estructura jerárquica de la sociedad, que era tan rígida dentro de los monasterios como el feudalismo lo era fuera de los claustros. El pensamiento de esa época se basaba en la suposición de un orden establecido por mandato divino en el universo, y la Iglesia estaba revestida con la autoridad suficiente para interpretarlo.

La majestuosa figura de Cristo en Majestad tallada en los portales de las iglesias abaciales cluniacenses, y repetida en las composiciones murales pintadas en el interior de sus ábsides cóncavos, proclamaba aquel concepto a todo el mundo. Cristo era un rey poderoso coronado y entronizado, en medio de su corte celestial, sentado para juzgar a todo el mundo. La autoridad pontificia tuvo en esta imagen un magnífico aliado, pues quedaba claro que era la Iglesia la que podía perdonar o condenar al hombre.

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