diumenge, 28 d’agost de 2011

Orígenes de Grecia. Del Neolítico a la Grecia Arcaica


Los orígenes de la cultura griega hay que buscarlos en los inicios del Neolítico, a pesar de que los avances de la arqueología prueban la existencia de los primeros pobladores en la zona en el Paleolítico Superior. Sin embargo, pocos datos tenemos de este período, a diferencia de la época neolítica, perfectamente documentada. Las características principales de la incipiente civilización son:

  • Desarrollo de una densa red de relaciones e intercambios a través del Egeo
  • Creciente organización social
  • Articulación progresiva del espacio colectivo
  • Diversidad regional, con marcadas diferencias entre el Norte (Tesalia, Epiro, Macedonia y Tracia) y el Sur (Ática, Peloponeso e Islas del Egeo).

La transición del neolítico a la Edad del Bronce llevó al florecimiento de la cultura cicládica, en el entorno de las islas Cícladas, cuyos habitantes practicaban la agricultura, la ganadería, la pesca y el comercio marítimo, aunque su legado más esplendoroso son las figuras antropomórficas realizadas en mármol, a menudo representando el cuerpo femenino desnudo. La influencia de esta cultura se extendió por todo el mar Egeo hasta su ocaso hacia el año 2300 a.C., reemplazada de forma violenta por la civilización minoica que trajo consigo la lengua griega de origen indoeuropeo. Se trataba de una civilización palatina con origen en la isla de Creta. Los cuatro palacios más importantes (Cnosos, Festo, Malia y Zákros) dividieron la isla en provincias y actuaron como centros de poder político, religioso, económico y administrativo. Apareció por primera vez la escritura, tanto en forma de jeroglíficos, como en el sistema llamado Lineal A, aún hoy sin descifrar.



Hacia el año 1700 todos los palacios son destruidos probablemente por causas naturales (se especula que una serie de terremotos), pero son reconstruidos de nuevo a una mayor escala. Empieza así la época de los segundos palacios, en que la riqueza y el desarrollo del mundo minoico llegan a su apogeo, coincidiendo con la llegada de las primeras migraciones indoeuropeas, representadas por los jonios, que ocuparon el Ática y las Cícladas; los eolios, que se establecieron en Tesalia, y los aqueos que ocuparon el Peloponeso.

Alrededor del año 1450 todos los palacios excepto el de Cnosos son destruidos y abandonados definitivamente, esta vez debido a la invasión de la civilización micénica que acaba conquistando Creta e integrando el ya decadente mundo minoico. Los micénicos eran una potente civilización de carácter guerrero, procedentes de la Grecia continental y dominaron la historia de Grecia durante la segunda mitad del milenio, aportando grandes sagas heroicas a la épica (como la guerra de Troya). La civilización micénica es, como la minoica, una cultura urbana, basada en los palacios, pero a diferencia de aquella, presenta características de un poder fundamentado en la práctica de la guerra, como las poderosas murallas, las tumbas monumentales con sus grandes tesoros o los palacios, con clara influencia minoica en su decoración, aunque con una estructura diferente, centrada en la gran sala del megaron, con el trono del soberano en un lado y una chimenea en el centro, entre cuatro columnas que aguantan el techo y dejan un espacio central abierto para la evacuación del humo.

El mundo micénico desarrolló un sistema de escritura, el Lineal B, descifrado por el arquitecto inglés Michael Ventris en 1952 y completado por el filólogo John Chadwick, del cual conservamos alrededor de 5000 tablillas de arcilla que nos han permitido conocer datos sobre la administración económica y administrativa de los palacios.

Alrededor del año 1200 tanto las ciudades como los palacios micénicos sufren una oleada de destrucción que provoca el colapso de la civilización y la dispersión de la población, por causas aún en discusión, pero que probablemente tuvieron que ver con la invasión de los dorios, los continuos ataques de bandas de saqueadores venidas del mar, o las propias de un sistema palatino excesivamente rígido, así como causas naturales de origen climático, que tuvieron consecuencias nefastas en la agricultura.



El colapso de la civilización micénica dio paso a la llamada Época Oscura, caracterizada por su pobreza material y por una gran complejidad en el ritmo de desarrollo de las diversas regiones, cada vez más aisladas entre sí. Se trata de un desarrollo heterogéneo, pero los nuevos descubrimientos arqueológicos, nos permiten matizar la aparente regresión en la cultura de la época, y distinguir elementos como los nuevos contactos con Oriente o el nacimiento de una nueva aristocracia, que conducirán al final del período al nacimiento de la polis. Entre los siglos VIII y VII a.C., Mesenia, en el suroeste del Peloponeso, fue invadida por Esparta, que progresivamente se instaló en toda la región.

El final de la época oscura da inicio a la Grecia Arcaica, con cuatro hechos fundamentales, el más importante de ellos, la consolidación de la polis como centro organizativo de la vida griega. La polis, según definición de Duthoy, en cuanto que fenómeno socio-político es:

“La polis es una comunidad “micro-dimensional”, jurídicamente soberana y autónoma, de carácter agrario, dotada de un lugar central que le sirve de centro político, social, administrativo y religioso y que es también, frecuentemente, su única aglomeración.”

Coexistiendo con la gestación y el nacimiento de la polis, se produjo la expansión colonial griega, en dos grandes oleadas:

·         La primera de ellas, hacia las zonas del Mediterráneo oriental, las costas de Asia Menor, las orillas septentrionales del mar Egeo y sus islas.

·         La segunda, desde mediados del siglo VIII a.C., constituía la colonización propiamente dicha, y ensanchó los límites del dominio griego por todo el mundo mediterráneo, incluyendo las costas de Egipto, Sicilia y el sur de Italia, y llegaron hasta las costas del Mediterráneo español y francés. También se fundaron colonias en la Tracia, la península Calcídica y el Ponto Euxino (mar Negro).

En los siglos VII y VI a.C., la aristocracia dominante tuvo que hacer frente a graves disturbios derivados de los problemas económicos y sociales generados por el sistema vigente, principalmente el descontento de una clase mercantil nacida como consecuencia de la colonización y que reclamaba derechos políticos, y el notable incremento de campesinos sin tierras. Algunas ciudades recurrieron a la acción de aristócratas locales, a menudo jefes militares, para el gobierno de las mismas, creando el conocido como periodo de las tiranías. Algunos de estos tiranos se revelaron como hábiles dirigentes, favoreciendo el desarrollo de sus ciudades y de una notable vitalidad cultural y económica. Los intercambios comerciales se multiplicaron, y el desarrollo de actividades culturales comunes en el conjunto de todas las ciudades griegas, junto a la lengua y la religión, fue uno de los principales factores de cohesión para que los griegos adquirieran conciencia de su adscripción a una misma civilización. Entre estas actividades comunes, cabe destacar los juegos panhelénicos u olímpicos organizados en Olimpia desde el 776 a.C., los píticos, promovidos en Delfos, los nemeos, en Nemea, y los ístmicos, en el istmo de Corinto.

Por último, hay que destacar la emergencia de Atenas, con las reformas políticas promovidas por el legislador Clístenes, que introdujeron un mayor grado de igualdad entre los ciudadanos, y la creación de la figura del ostracismo, para prevenir a la sociedad de aquel ciudadano que fuera considerado peligroso para el bienestar público. Clístenes sentó las bases institucionales y los principios de la democracia.

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