dilluns, 19 de setembre de 2011

El Patio Trasero. Nuevas formas de Colonialismo


EL PATIO TRASERO



Tal y como indica el nombre (países industrializados), el nivel de desarrollo de un país se mide, entre otras cosas, por el grado de industrialización del mismo. En este sentido, la agricultura ha dejado de tener un papel principal en las mediciones económicas a simple vista. Pero la realidad es que las actividades agrícolas están plenamente integradas dentro del sistema productivo del capitalismo. Asociada a la transformación de los sistemas de explotación agraria, encontramos también un cambio de rol de los antiguos agricultores de los países industrializados, hoy en día convertidos en empresarios.

El proceso de transformación agrario ha originado una industria colindante, necesaria para procesar, manipular, almacenar, transportar, etc., los productos desde su origen hasta los mercados donde se consumen. Toda esta industria no era necesaria cuando hablábamos de agricultura de subsistencia, donde una familia trabajaba su tierra y obtenía el alimento que consumía, pero en la actualidad los trabajadores del campo, producen para comerciar con su producto y se organizan como una verdadera empresa, la cual forma parte del eje productivo de un país y se rige por las leyes del mercado.

Evidentemente, este hecho se produce únicamente en los países desarrollados. A diferencia de éstos, en los países pobres, son empresas extranjeras las que controlan el proceso productivo, a menudo en detrimento de la población autóctona, y con el beneplácito de las esferas de poder de uno y otro país.



Dependencia productiva

Uno de los principales problemas del monocultivo productivo, es que su éxito depende de los precios internacionales del cultivo, habitualmente muy variables, por lo que se intenta obtener el máximo beneficio en el menor espacio de tiempo posible. Por tanto se trata de una economía especulativa, que puede, en caso de un hundimiento de los precios, llevar a la ruina (todavía más), a países enteros, pues el tipo de empresas que controlan esta economía se convierten en las mayores suministradoras de ocupación de un país. Además, el hecho de que estos productos estén destinados al comercio internacional, implica que en algunos casos hayan de pasar por un proceso de tratamiento industrial en los países de origen, lo cual lleva a la construcción de fábricas para el empaquetado o la transformación en productos semielaborados. Estas fábricas también suelen estar en manos de capital extranjero, por lo que, finalmente los recursos naturales de un país, quedan en manos de una empresa privada, creando así una nueva forma de neocolonialismo.



“El pez grande se come al chico”

A lo largo de la historia, encontramos multitud de ejemplos de países que han explotado los recursos naturales de otros países en beneficio propio, con vagas justificaciones o incluso sin ellas. Como dice en su artículo Manuel Leguineche, en boca de un ciudadano hondureño:

“los españoles se llevaron el oro y nos dejaron las iglesias” […] “los gringos se llevaron la piña y las bananas, y nos dejaron hospitales, escuelas y algunas carreteras, es verdad, pero se llevaron más que dejaron. Los placeres, son por onzas, y los males, por arrobas. La verdad, amarga, y la mentira, dulce como el plátano”.

En el pasado, la gran mayoría de los países colonizadores sacaron partido de sus colonias. El Imperio Británico, Francia, España, se aprovisionaron durante siglos con los productos procedentes de la India, África o Sudamérica, cuando no se trató de una expoliación. En la actualidad, se practica otro tipo de colonialismo, de carácter económico, donde aparentemente cada país disfruta de su independencia política, pero la realidad es que la economía (y por tanto el desarrollo del país) está controlada desde el exterior por empresas que cuentan con una serie de privilegios otorgados, y que imposibilitan el crecimiento y la explotación de los recursos propios de un país.

El caso más claro, es el neocolonialismo tanto económico como político, que ejercen los Estados Unidos sobre diversos países centroamericanos, pero también podemos ver empresas que se han lanzado a la compra de terrenos en países desfavorecidos para instalar allí sus negocios relacionados con la agricultura. Entre ellas, encontramos al grupo ruso Renaissance Capital que recientemente ha adquirido 300 mil ha. en Ucrania, donde también ha desembarcado el grupo británico Landkom o el banco estadounidense Morgan Stanley. Pero quien se lleva la palma, es la empresa coreana Daewoo, compradora de más de 2 millones y medio de ha. en diversos países africanos, o los países productores de petróleo, con escasez de tierras de cultivo, que se han lanzado a la adquisición indiscriminada de tierras en territorio africano y asiático, donde ya controlan más de 6 millones de ha. También la especulación ha llegado a Argentina, donde la firma Benetton dispone de casi 1 millón de ha. de terreno para la cría de ganado, y donde se ha convertido en el mayor productor de lana del país.

En general, la venta o el alquiler de tierras a estados o empresas extranjeras, repercute en expropiaciones a pequeños productores o en deforestaciones masivas. Aproximadamente una ha. de bosque produce un beneficio 15 veces mayor si se dedica a la producción agraria que si se utiliza para la producción de madera. De ahí que grandes bosques de la Amazonia, el Congo o Borneo estén siendo sustituidos por plantaciones.



La “Amenaza Comunista”

Una de las cuestiones que más me han llamado la atención, es como, una vez más, se manipula la opinión pública con el tan raido argumento de la “amenaza comunista”. A lo largo de la historia reciente hemos presenciado verdaderas barbaridades cuya justificación ha sido el “peligro rojo”. Desde golpes de estado promovidos por agencias estatales extranjeras, hasta asesinatos o depuraciones políticas realizadas para “salvar al mundo”, por personajes sin escrúpulos cuyo objetivo final ha sido meramente económico.

Desgraciadamente, estamos en un mundo donde los valores económicos priman sobre el respeto a la Humanidad, y estos hechos nos lo demuestran día tras día. El peligro es que en la actualidad, los mismos que alardeaban de ser los protectores del mundo, ante la desaparición de los regímenes comunistas y por tanto de su “amenaza”, han sustituido su discurso y ahora nos hablan de la “amenaza terrorista”, en muchas ocasiones sin ningún fundamento razonable.

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