diumenge, 27 de novembre de 2011

La Consolidación del Estado Moderno (2)


A principios del siglo XVII, se extendió la idea de la necesidad de una unidad religiosa firme para el mantenimiento de la cohesión política y social, apoyada por la depresión económica y las guerras, que hacían necesaria una mayor concentración de poder. Según Olivares, la diversidad institucional y legal de los reinos de la monarquía, representaba un obstáculo para el aumento de recursos, y era imprescindible una cooperación militar entre esos reinos para la supervivencia. Emprendió Olivares una tarea de construcción de un cuerpo administrativo que sirviera de lazo de unión entre la monarquía y todas las naciones que la integraban. Pero este intento de construcción, se consolidó únicamente en Castilla, provocando un cada vez mayor centralismo desafiante, que fue la causa de la aparición de revueltas, tanto en Catalunya, como en Portugal o, en el caso de Inglaterra, en Escocia, ante las que las monarquías se encontraron ante la disyuntiva de la retirada, o de la imposición integracionista por la fuerza de las armas. En el caso de Escocia, triunfó el sentido separatista de la identidad escocesa, obligando al rey a una retirada humillante. En la Península Ibérica, también triunfó el sentido colectivo de identidad propia, y Portugal consiguió la independencia definitiva de Castilla. Catalunya, tras doce años de independencia, retomó la unión manteniendo los mismos derechos constitucionales anteriores a la rebelión, pero con una identidad propia reforzada por la experiencia de la opresión castellana. La desastrosa experiencia de la unión forzada, llevó a los nuevos dirigentes españoles a la aceptación de la diversidad como condición necesaria para el buen gobierno. El caso de Francia, el estado más poderoso y también el más unido de Europa, fue distinto: la monarquía adoptó una táctica de afrancesamiento político, administrativo y cultural con sus nuevas provincias adquiridas, con suerte desigual.



Ligado a los grandes cambios religiosos, empezó a extenderse una reflexión sobre el poder de carácter más laico, acompañada de la negación de una naturaleza diferente de la suprema autoridad del monarca respecto a la de los magistrados inferiores, ya que este, al igual que los magistrados, debía prestar juramento a la razón de Estado, creando así las bases del constitucionalismo.

Ya en la segunda mitad del siglo XVII, volvió a imponerse en España e Inglaterra la idea de la integración en detrimento de la aeque principaliter, pero ni los gobiernos de Carlos II de España ni el de Carlos II de Inglaterra, estaban en disposición de intentar la unión de sus reinos. En ambos casos, fueron los trastornos derivados de la sucesión dinástica los catalizadores de los nuevos intentos integradores, destacando la solución adoptada por Madrid, que en virtud de los decretos de Nueva Planta, abolió definitivamente los distintos regímenes de las provincias de la Corona de Aragón.

A partir de este momento, surgió en Europa una tendencia cada vez mayor a la creación de estados - nación unitarios, en comparación mucho más fuertes y solemnes que las monarquías compuestas, a pesar de que éstas habían mostrado durante dos siglos un alto grado de cohesión con mayores o menores problemas. El repentino surgimiento del nacionalismo a finales del siglo XVIII y principios del XIX proporcionaría un gran impulso a la creación del estado nación unitario, todo y que los inicios del movimiento romántico dotaron al hecho de la diversidad de una nueva aura de legitimidad, reforzándola con unos cimientos literarios, lingüísticos e históricos más firmes. En definitiva, si observamos el carácter general de la Europa actual, la unión de provincias del tipo aeque principaliter, parece encajar bien con las necesidades de los tiempos modernos.

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